A dónde vas humanidad…

Nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu fueron hechos con una perfección que nadie puede imitar, y cuando uno de sus miembros falla, todo se resiente: en la familia y en la sociedad. Esta reflexión te invita a recordar tu dignidad, la de tus hermanos y el fin para el que fuiste creado. Te animo a leerla y a responderte con sinceridad: ¿quién soy, qué quiero, qué puedo y qué debo?

REFLEXIÓN

Margarita Aranda

10/15/20263 min read

man and woman holding hands while walking on grass field during sunset
man and woman holding hands while walking on grass field during sunset

El ser humano tiene una gran dignidad que lo caracteriza y lo hace muy diferente de todos los demás seres existentes en el mundo. Ha sido dotado de gran perfección: un cuerpo maravilloso en todas sus funciones; el sistema circulatorio, por donde corre en torrentes una sangre que nadie puede reproducir, sino solo su propio cuerpo; unos ojos capaces de ver lo que ninguna cámara logra captar, como las formas, los colores y la perspectiva, algo que se ha buscado imitar siempre. Un olfato especial, capaz de percibir lo agradable y lo desagradable de los aromas, desde los más sencillos de las flores hasta las especias de la cocina, para distinguir con qué está elaborada la comida; en conjunto con el gusto, el olfato le permite saborear. Un oído que le permite escuchar lo que otros le dicen, no solamente ruidos, sino palabras con sentido que otros le transmiten y que pueden expresar sus propios sentimientos. Estamos hechos de tal manera que confluyen en nosotros elementos tan perfectos que no podemos ser imitados más que de forma mecánica, pero nunca de manera humana. Todos nuestros sentidos son especiales e importantes.

Cada uno de nuestros miembros es tan importante que prescindir de él es sumamente doloroso. No podríamos decir no me importan los ojos, no me importa mi oído o quítame los pies; si nos pidieran escoger qué parte del cuerpo nos quitarían, voluntariamente no escogeríamos ninguna.

Nuestro cuerpo está perfectamente diseñado, pero no solamente el cuerpo: también nuestra mente, todo nuestro ser. Estamos hechos para vivir en armonía; cuando esto no sucede, todo se descompone.

Si a nuestro cuerpo no le damos de comer, muere. Si a nuestra mente no la educamos, también se enferma; si a nuestro espíritu no lo alimentamos, también se debilita; si no le damos la dirección que necesita, pierde el rumbo y no llega a su destino. Todo se descompone y la perfección con la que fue hecho deja de funcionar.

Cuando alguien de la familia no se integra, no está a gusto, siempre tiene mal humor, no está contento y causa problemas y conflictos, la armonía familiar empieza a fallar, porque un solo miembro ya no está funcionando bien, y eso puede ser síntoma de que algo en la familia no anda bien.

Cuando en la sociedad vemos agresividad, violencia, intolerancia, corrupción y deshonestidad, nos damos cuenta de que hay enfermedades sociales: nuestra sociedad no estaba hecha para vivir así. La idea era vivir en concordia y en hermandad, ayudándonos unos a otros. Quien vive cerca de mí es mi prójimo, sea quien sea, y es parte de la sociedad; de alguna manera es como una parte del cuerpo social, hablando en términos semejantes. No podemos pensar que lo ideal sea amputar a los miembros de la sociedad que nos estorban, que ya no queremos o que no nos gustan, por habernos vuelto violentos e intolerantes y por no vernos como hermanos.

Y aunque nadie es indispensable, todos somos necesarios, porque todos tenemos la misma importancia y la misma dignidad. Todos somos guardianes de nuestros prójimos, de nuestros hermanos, y no tenemos autoridad alguna para despreciar a nadie, ningunearlo o lastimarlo, porque todos formamos parte del mismo cuerpo, de ese cuerpo maravilloso y esa magnífica humanidad que Dios ha creado y que no hemos cuidado lo suficiente.

Mientras el ser humano no tenga conciencia de su dignidad, de lo que es y de quién es, no se esforzará por ser mejor. Tampoco sabrá que su vida no tiene precio económico y que está hecho para el amor en su sentido más amplio, ni respetará la vida de los demás, porque al no valorarse a sí mismo tampoco valorará a sus hermanos, y será capaz, como Caín, por envidia y ambición, de no respetarlos y destruirlos.

¿A dónde vas, humanidad? Hagamos un alto en el camino y tomemos conciencia del fin para el que hemos sido creados. Tengamos claro: ¿quién soy?, ¿qué quiero?, ¿qué puedo? y ¿qué debo? ¿Soy capaz de responder a estas preguntas existenciales básicas? ¿O voy por la vida en automático, simplemente vegetando?

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